Dar la cara cuando no resulta fácil
Ser sacerdote es una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que vale la pena que se le suban a uno a la cabeza
—Me parece que hoy día resulta más difícil que se abra camino una vocación, pues, aunque haya más libertad, el ambiente es menos favorable.
Puede ser cierto que el ambiente no ayude, pero eso no es algo propio de nuestra época. Además, muchas veces, precisamente ese ambiente contrario puede ayudar a templar y madurar una vocación.
—¿Piensas entonces que las dificultades del ambiente pueden ser positivas?
No siempre. Lo que sí puede afirmarse es que las dificultades juegan, en cierta manera, a nuestro favor, porque nos disponen a hacernos más firmes, más maduros, más resistentes. Hacen lucir nuestra mediocridad, y de esa manera queda más expuesta, más a la vista, y es más clara la necesidad de oponerse a ella y, por tanto, mejorar.
Igual que las personas se curten con las dificultades, y que la vida fácil hace a los niños mimados y débiles, también las vocaciones maduran ante un ambiente difícil, y arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que el viento no sopla a favor. Incluso de las incomprensiones y las calumnias puede salir un bien, pues nos hacen experimentar lo que ya el Señor pasó aquí en la tierra, aprendemos a ir contra corriente, a purificar más la intención al ver que no todos nos aplauden, a trabajar más y a explicarnos mejor.
—Pero el ambiente poco favorable ha hecho que haya menos vocaciones. Hay quien piensa que puede ser una muestra de que ahora son menos necesarias, de que la vida actual no precisa tanto de ellas.
Es una posible interpretación, pero me parece más acertado pensar que, precisamente ahora, hacen más falta. Joseph Ratzinger en su autobiografía dice que durante la Segunda Guerra Mundial, «el régimen nazi afirmaba con voz muy fuerte: "En la nueva Alemania no habrá ya sacerdotes, no habrá ya vida consagrada, no necesitamos ya a esta gente; búsquense otra profesión". Pero precisamente, al escuchar esas "fuertes" voces, ante la brutalidad de aquel sistema tan inhumano, comprendí que, por el contrario, había una gran necesidad de sacerdotes. Este contraste, el ver aquella cultura antihumana, me confirmó en la convicción de que el Señor, el Evangelio, la fe, nos indicaban el camino correcto y nosotros debíamos esforzarnos por lograr que sobreviviera ese camino.
»Como es natural, no faltaron dificultades. Me preguntaba si tenía realmente la capacidad de vivir durante toda mi vida el celibato. La teología es hermosa, pero también es necesaria la sencillez de la palabra y de la vida cristiana. Así pues, me preguntaba: ¿seré capaz de vivir todo esto y no ser solo un teólogo? Pero el Señor me ayudó; y me ayudó, sobre todo, a través de la compañía de los amigos, de buenos sacerdotes y maestros.»
—Pero entregarse a Dios siempre será toda una aventura, y quizá los tiempos que corren no son muy de ese estilo. No sé qué futuro espera a este asunto.
Emprender el camino de la vocación precisa ciertamente la valentía de afrontar la aventura, la confianza en que Dios no nos dejará solos, en que nos acompañará y nos ayudará. Pero siempre habrá necesidad de vocaciones, y siempre habrá almas jóvenes que aceptarán ese reto. Así lo expresaba José Luis Martín Descalzo hace algo más de veinte años, en plena crisis de vocaciones en el mundo occidental: «Me pregunto a veces cómo será el siglo XXI y los hombres que en él habitarán. ¿Tendrán alma? ¿Seguirán descubriendo en ella esos vacíos que sólo Dios llena y tendrán necesidad de alguien que los ayude a llenarlos?
»La verdad es que nunca he temido por el futuro de la Iglesia y tampoco por el futuro del sacerdocio. Habrá tal vez oscilaciones en la curva de vocaciones, pero siempre seguirá habiendo muchachos que un día se atrevan a responder a la llamada de lo alto, por mucho que ciertos cretinos se olviden de la importancia de su tarea.
»Y hay algo de lo que aún estoy más seguro: sea o no sea importante el sacerdocio, lo reconozca o no la sociedad del presente o del futuro, lo que yo sé muy bien y lo sé por experiencia, es que no hay nada más entusiasmante, nada que llene tanto el alma hasta los bordes que el sacerdocio. Conozco bien lo que es esto de ser periodista y yo sé que es una gran vocación. Pero es una zapatilla rusa junto al gozo de tener —si se cree— a Dios entre los dedos o el ver brillar a unos ojos humanos cuando se alejan, pacificados, de un confesonario.
»Es también, lo sé, una vocación aterradora —porque la palabra de Dios quema al pasar por los labios— pero con un terror luminoso y ardiente que bastaría para poner toda la vida en vilo. Ser sacerdote —lo sepa el mundo o no, lo valore o no, y aunque el mundo llegara a prohibirlo— es literalmente un entusiasmo, es decir, según su etimología, una borrachera de Dios, uno de los pocos vinos que vale la pena que se le suban a uno a la cabeza.»