Dios habla bajito
Un hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta. (Charles Dickens)
—Muchas personas piensan que deben ser más generosas con Dios. Tienen una cierta inquietud, pero no saben bien qué deben hacer. ¿Es eso la vocación?
Quizá ninguna de esas sensaciones es la vocación, pero a lo mejor Dios está ahí detrás, queriendo decirte algo. La mayoría de las veces, Dios habla bajito. Normalmente no podemos esperar una gran emoción, un terremoto espiritual que nos confirme solemnemente el querer de Dios para nuestra vida. Tampoco escucharemos una voz celestial, como San Pablo.
—Pero al menos habrá que sentir un cierto entusiasmo por la vocación.
No viene mal que lo haya, aunque no es lo sustancial de la vocación. Desde luego, no parece muy lógico exigir a la vocación que nos proporcione un estado de euforia permanente, con el alma siempre henchida de ilusión y el corazón radiante y feliz. Es más, el hecho de sentir una cierta nostalgia y un sufrimiento por las cosas que se dejan, es algo totalmente humano y bastante normal.
—Pero algo hay que sentir, supongo.
Por supuesto, pues la mayoría de las realidades interiores tienen una manifestación que los hombres captamos por el sentimiento. Pero hay que procurar no confundir la entrega con una efusión de sentimientos, ni la llamada de Dios con la admiración entusiasta ante lo bueno, con la emoción pasajera o con el ímpetu ardoroso de un instante o con el nerviosismo de un momento. Dios puede servirse de todo eso, pero eso no es la llamada de Dios.
Además, se puede percibir la vocación con bastante claridad en un momento o una época, y pasar luego por otra etapa en que la no sentimos nada. Esto sucede con casi todas las decisiones importantes de la vida profesional o familiar o social. Sucede en los matrimonios, en la amistad, en el trabajo, en casi todo. Y los matrimonios felices no son los que no pasan crisis ni tienen momentos malos, porque momentos malos tiene todo el mundo, sino que los matrimonios felices son los que saben superar esas crisis.
San Francisco de Sales escribió que no es necesario que Dios nos «hable sensiblemente o que nos mande un ángel a manifestarnos su voluntad; lo que importa es cultivar y corresponder a la primera llamada.»
—¿Qué querría decir lo con lo de la “primera llamada”?
No es fácil saberlo, pero pienso que en las cosas del amor hay siempre una primera llamada, y que las cosas del amor no suelen decidirse tras arduas reflexiones ni sopesando pros y contras.
Lo que no debemos esperar de la vocación, ni exigir de ella, es una constante e intensa contrapartida afectiva. No podemos pretender que nuestra alma esté siempre henchida de ilusión. Eso sería un planteamiento o una imagen demasiado romántica de la vocación, como una película de amor, con un estremecimiento inicial, una luz cegadora, una emoción incontenible, unas lágrimas, una música suave y un final al viejo estilo del «vivieron felices y comieron perdices».
La historia de la vida de los santos muestra que Dios acostumbra a dar a conocer su voluntad de modo sencillo, a través de las cosas ordinarias, dentro de la familia, a través de un amigo, de un libro, de una enfermedad, de cosas normales. Dios se esconde un poco cuando nos llama, y quizá sea porque quiere dejar el margen suficiente a nuestra libertad (de otro modo no sería una historia de amor).
A veces, a la “primera llamada” le sigue una etapa en la que nos encontramos más fríos. Puede ser señal de que no era realmente una llamada para nosotros, o bien de que nos estamos enfriando precisamente para no escucharla, o incluso de que procuramos no escucharla y por eso nos enfriamos. En cualquier caso, hay que tener presente lo que dice la Sagrada Escritura: «Si oís hoy la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón».
—Dios llama a los que quiere, pero luego uno mismo también tiene que querer.
Exacto. Para entregarse a Dios es fundamental que queramos aceptar y amar la voluntad de Dios, con más o menos entusiasmo. La voluntad tiene un papel importante. Así lo contaba San Josemaría Escrivá: «Te decidiste, más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería. Y, desde aquel instante, no has vuelto a “sentir” ninguna duda seria; sí, en cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga Dios las audacias del Amor».
Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, pero, al crearnos, ha querido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido que la historia de cada uno de nosotros sea una historia verdadera, que depende mucho en cada momento de nuestras decisiones personales.
El apóstol Pedro podría haber desesperado por su traición al Señor, como le sucedió a Judas. Y quizá entonces los demás Apóstoles hubiesen contemplado, en vez de su arrepentimiento, el balanceo de su cuerpo, colgado de un árbol en Palestina.
Tomás Moro podría haber muerto confortablemente como Lord Canciller de Inglaterra, cediendo ante las inmorales razones de Enrique VIII, alegando “poderosas razones de Estado” y traicionando sus principios. Podría haberse ablandado ante los llantos y los razonamientos de su mujer, cuando marchaba hacia la Torre de Londres, camino del cadalso. Podía haber aceptado una “solución de compromiso”, diciéndose: «realmente, no están los tiempos para estos heroísmos...».
Los santos no fueron santos inexorablemente. La santidad es una respuesta libre a la gracia, que nunca ahoga la libertad. Ni tu historia, ni la mía, ni la de ellos, está ni estaba escrita de antemano. Nadie está predeterminado para ser un santo, un mediocre o un criminal. Los santos supieron encontrar en los acontecimientos cotidianos de la vida el querer de Dios. Supieron ver latir la voluntad de Dios entre en los consejos de un amigo, en las palabras de un niño o en la predicación de un sacerdote. Lo encontraron porque fueron humildes, como San Pedro. Y coherentes, como Santo Tomás Moro. Porque buscaban la verdad, porque nunca pensaron que era demasiado tarde.