Karl Leisner
ejemplo de paciencia y fidelidad a Dios
Karl Leisner nace el 28 de febrero de 1915 en Rees, Westfalia (oeste de Alemania), y en 1921, su familia se instala en Cleves, un pueblecito vecino. Su padre es tesorero en el tribunal y un hombre muy ordenado, profundamente apegado a la fe católica que recibió de sus antepasados, y posee un enérgico carácter. Su madre, amable y condescendiente, siempre tranquila y conciliadora, consigue que el amor reine en el hogar. Karl, que es un niño despierto, travieso y rebosante de vida, acude primero a la escuela primaria y luego, en 1927, entra en el instituto estatal. Es un buen alumno y estudia con facilidad; su curiosidad es inagotable, buscando constantemente saber el porqué de las cosas, y su radiante sonrisa le abre los corazones. Al entrar en contacto con el capellán del instituto, Karl desarrolla sus facultades de organizador y de animador de jóvenes.
El adolescente da muestras de una sorprendente madurez y, cuando se siente afligido por sus caídas, recupera pronto la serenidad. Pero Karl no es un superhombre, ni un santo caído del Cielo, y mantiene un duro combate espiritual. En 1933, anota lo siguiente: «Mi corazón deambula por doquier hasta encontrar el reposo en Ti, Dios mío. Tú das la paz que el mundo no puede dar... Sin el amor de Dios y sin la alegría en el alma, yo no conseguiría nada. Con Dios, todo lo tendré en mí. Dame fuerza, Señor».
En enero de 1933, el nacional-socialismo llega al poder en Alemania. El 2 de julio de ese año, las autoridades cierran los locales de las organizaciones católicas y confiscan sus bienes. Muy pronto, el joven es identificado y fichado por la Gestapo (policía política), de ahí que se esfuerce en ser más prudente con sus palabras, sin ocultar por ello su fe cristiana. Todos los días, realiza el esfuerzo de levantarse muy temprano para ir a Misa y comulgar.
En el silencio de un retiro espiritual, en diciembre de 1933, Karl se plantea qué camino seguir, y decide por el camino del sacerdocio. En sus apuntes se lee: «La soledad me ha fortificado y me ha dado el valor definitivo de atreverme a llevar la pesada carga de la vocación sacerdotal». El 5 de mayo de 1934, entra en Borromäum de Münster, una casa que reagrupa a los estudiantes que optan por el sacerdocio, estudiando durante dos años filosofía y teología en la universidad de Münster. Es un joven maduro y de gran delicadeza moral, y el obispo Mons. Clemens von Galen, que recibirá el apodo de «el león de Münster» por su heroica resistencia contra el nacional-socialismo, le nombra responsable diocesano de
la Juventud Católica.
En Pascua de 1936, Karl parte hacia Friburgo para continuar con sus estudios. Desde allí tendrá el honor de visitar Roma y de ser recibido en audiencia por el Papa Pío XI, quien había condenado, tan sólo cinco días antes, el nacional-socialismo y el comunismo. En Friburgo, Karl se hospeda en casa de
la familia Ruby, donde supervisa los estudios de los nueve niños. Ante la armoniosa vida de esta familia, él se plantea la siguiente pregunta: ¿Acaso no seré yo también llamado a fundar una familia cristiana? Siente nacer en él un cariño especial por la hija mayor de
la familia Ruby, Elisabeth, pero lo mantiene en secreto y no se lo comunica a
la joven. Comienza entonces para él un largo y doloroso combate entre el deseo del sacerdocio y el de la vida en familia. A principios de 1938, Karl aprueba el examen de entrada en el seminario mayor; sin embargo, el combate entre su vocación y su atracción por el matrimonio, siempre latente, retoma intensidad en su alma hasta finales de junio, cuando una carta de Elisabeth, a quien finalmente ha abierto su corazón, le mueve a no abandonar su vocación sacerdotal. El 4 de marzo de 1939, Karl es ordenado subdiácono, y recibe el diaconato de manos de Mons. Clemens von Galen el día 25 de marzo de 1939.
Poco después, le destectan una tuberculosis avanzada. Karl se siente aterrado, pero muy pronto recupera el ánimo: «Tengo que curarme». Lo envían a un sanatorio en
la Selva Negra y, poco a poco, su docilidad por seguir las prescripciones médicas contribuye a la mejoría de su estado de salud: su curación parece próxima. Pero mientras tanto, la guerra ha estallado y Europa está en llamas.
El 9 de noviembre de 1939, la noticia de un atentado contra Hitler en Münich se extiende por todo el sanatorio. Karl está en su habitación cuando un amigo, que comparte las ilusiones de numerosos alemanes de un «III Reich», le anuncia con alegría que Hitler ha salido ileso del atentado. «Lástima que no haya muerto», replica Karl, que adivina en qué horrible tragedia el orgullo del Führer arrastrará a Alemania y a Europa. Inmediatamente, Leisner es denunciado a la policía y, ese mismo día, lo encierran en la prisión de Friburgo. Cubierto por una tosca manta, acostado en una cama de hierro y tiritando de frío en un oscuro calabozo, se siente sólo, abandonado y condenado a una muerte ineludible. Los primeros días son terribles, pero, poco a poco, se repone y obtiene de la fe la fuerza para aceptar su situación. Pronuncia su «fiat» y perdona de todo corazón a quienes le han causado mal, buscando el consuelo en
la Santísima Virgen y en la comunión de los santos.
El 16 de marzo de 1940, Karl entra en el campo de concentración de Sachenhausen, cerca de Berlín. Su nombre queda abolido y, en adelante, se le llama por su número. Con la cabeza rapada, vestido con el pijama rayado de los deportados y «arrojado del seno del pueblo alemán», ya no posee derecho alguno. En el campo reinan el miedo al látigo y al trabajo sobrehumano impuesto, así como el hambre acuciante y una permanente angustia frente al porvenir. En diciembre, a instancias del episcopado alemán, Himmler, el jefe supremo de las SS, decide reagrupar a los eclesiásticos en un sólo campo, en Dachau, y someterlos a unas condiciones menos inhumanas. El campo de Dachau, cerca de Munich, que inicialmente estaba previsto para 8.000 detenidos, llegará a contar con 50.000, de los que 15.000 prisioneros morirán cada año. El número de sacerdotes detenidos se elevará a más de 2.600, de los que un millar perecerá allí mismo. No obstante, tienen la posibilidad de asistir a Misa, lo que constituye un consuelo inapreciable. El año 1942 es muy duro, con un invierno glacial y una primavera lluviosa. La salud de Karl no lo resiste y durante la noche del 15 de marzo, un vaso sanguíneo pulmonar se rompe y le provoca una hemorragia. Se le admite en la enfermería, donde permanece durante dos meses, y volverá tres veces más tras cortos períodos en los barracones de los sacerdotes.
Karl obtiene la paz y la fuerza para sonreír de
la Sagrada Comunión, que le llevan regularmente a escondidas; en cuanto puede levantarse, acude de cama en cama, dispensando palabras de ánimo y de consuelo e iluminando los corazones con una hermosa sonrisa. Pronto se le reconoce como el ángel reconfortante, y los enfermos le confían sus aflicciones. Bajo su almohada, oculta permanentemente una caja que contiene Hostias consagradas y que distribuye, en calidad de diácono, a sus hermanos en la fe.
A causa de su enfermedad, Karl forma parte del grupo de «bocas inútiles» y, en octubre de 1942, figura en las listas de los deportados que deben ser exterminados en una cámara de gas. Dos sacerdotes consiguen que su nombre se borre de
la lista. A principios de 1943, el tifus hostiga en Dachau, produciendo unas 6.000 víctimas, pero Karl escapa a la epidemia, pues la sección de los tuberculosos se encuentra aislada del resto del campo.
El 6 de septiembre de 1944, llega a Dachau un convoy de deportados franceses, entre los que se encuentra un obispo francés, Mons. Gabriel Piguet. Entre los detenidos circula enseguida un rumor: «¿Por qué el obispo no ordena sacerdote a Karl?». En su lecho de sufrimiento, Karl exclama para sí: «¿Ordenado en Dachau? ¡Impensable!, y además ¡mi parroquia tiene derecho a mi primera Misa!». Pero poco a poco la idea fructifica, y el enfermo le pide por carta la autorización necesaria a su obispo. Aquel final de año de 1944, el III Reich está perdiendo terreno ante el avance de los aliados, y el control del correo por las SS se relaja. A principios de diciembre de 1944, Karl recibe una carta escrita por una de sus hermanas que incluye en medio del texto las siguientes palabras, con una escritura diferente: «Autorizo las ceremonias solicitadas a condición de que puedan ser realizadas de forma válida y de que quede una prueba evidente»; aquellas palabras van seguidas de la firma de monseñor von Galen, a quien Pío XII no tardará en nombrar cardenal.
A partir de aquel momento, la ordenación clandestina se prepara con gran secreto. Gracias a la complicidad de varios detenidos, se confecciona un anillo episcopal en latón, un báculo esculpido en madera de roble, una mitra, con seda y perlas, y unos ornamentos en tejido violeta. El domingo 17 de diciembre, el obispo es revestido con los ornamentos litúrgicos; Karl, fortalecido mediante una inyección de cafeína, viste el alba blanca y la estola diaconal; en el brazo izquierdo porta la casulla plegada, y en la mano derecha una vela encendida: nada se ha omitido de los ritos previstos. Sus encendidas mejillas delatan la fiebre del enfermo, y la emoción de trescientos testigos, a quienes se les han unido los 2.300 sacerdotes del campo, es indescriptible. Durante la ceremonia, un deportado judío se sitúa fuera tocando el violín, para desviar la atención de los guardias.
De nuevo entre los tuberculosos, Karl prosigue su vía crucis. El 26 de diciembre puede celebrar su primera Misa. Mientras la tuberculosis llega a su fase final, el nuevo sacerdote da testimonio de un total abandono a
la divina Providencia.
El final de la guerra está cerca y, el 29 de abril de 1945, los norteamericanos se apoderan del campo de Dachau. ¡Por fin la libertad para los supervivientes de la terrible deportación! A principios del mes de mayo, Karl es trasladado al sanatorio de Planegg, cerca de Münich. Pero es demasiado tarde para salvar al sacerdote Leisner, y en adelante mantendrá un terrible sufrimiento hasta el final. Unido a Cristo en la Cruz, se ofrece a Dios para la expiación de los pecados y la salvación de los hombres. A pesar de sus sufrimientos, permanece alegre como antaño sin pensar nunca en sí mismo, y sigue anotando: «No perder el valor ni la paciencia...».
El 29 de junio de 1945, Karl recibe la visita de su padre y de su madre. El 25 de julio, Karl puede celebrar una segunda Misa. Tan sólo le quedan ocho días de vida. La noche del 8 de agosto llegan sus tres hermanas, y experimenta una gran alegría al poder hablar con ellas. Finalmente, el 12 de agosto, entra en agonía y se apaga apaciblemente para ir a reunirse en el Cielo con el coro de los santos ángeles.
Fue beatificado el 23 de junio de 1996 por el Papa Juan Pablo II.