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La Vocación,
¿se me tiene que haber ocurrido a mí?
—Ante la vocación, es uno mismo el que debe responder y, por tanto, el único responsable ante Dios. ¿Eso supone que deba surgir como algo espontáneo, que se me tenga que haber ocurrido a mí? ¿No te parece que, si me lo ha sugerido otro, es un descubrimiento forzado y, por tanto, antinatural?
Tu punto de partida es perfectamente razonable. Nadie debe atosigarte, ni coartar tu libertad, ni quitarte el protagonismo que evidentemente debes tener en todo el proceso de discernimiento de tu vocación. Pero eso no quita que alguien te pueda o deba aconsejar algo, o estimularte a ser generoso. La cuestión clave es si Dios te llama o no, y a qué te llama, y no si se te ha ocurrido a ti solo, o a ti primero, o sin que nadie te diga nada. Debes ser tú el protagonista, pero puede haber personajes secundarios. No eres tú el director de la película, sino Dios.
Debes hablar el tema con Dios, pues el compromiso es con Él. Y sabes de sobra que entregarse a Dios no es decir que sí a la persona que te lo ha planteado, sino decir que sí a Dios. No es una persona que te intenta convencer de algo, sino una persona que te ayuda a ponerte frente a tu responsabilidad delante de Dios.
En el Evangelio puede leerse bien claro que los discípulos fueron elegidos por el Maestro. No se presentaron voluntarios. La clave de toda vocación no es la iniciativa humana personal, sino una misteriosa iniciativa de Dios. Es Dios quien llama y puede hacerlo como desee, también a través de otras personas.
—¿Y cómo sabes tú que Dios quiere hacerlo así?
Veo que lo hace en bastantes casos relatados en el Evangelio, en los que llama a través de otras personas. Fue Andrés quien condujo a Jesús a su hermano Pedro. Jesús llamó a Felipe, pero Felipe llevó a la presencia de Jesús a Natanael. Por eso el proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor es un acto de estima y de confianza.
La clave está, como ha señalado Benedicto XVI, en que cada uno intente reconocer cuál es su vocación y cómo es el mejor modo de responder a esa llamada que está ahí, para él.
—¿Y cómo empieza la vocación?
La vocación suele comenzar con un descubrimiento inicial, del que sobreviene un diálogo de oración. Es una llamada que cada uno debe leer en su propio corazón, y en la que siempre queda un margen al misterio y a la interpretación. Como explicaba Juan Pablo II en Los Ángeles en 1987, respondiendo a una pregunta sobre su propia vocación, «tengo que empezar por decir que es imposible explicarla por completo. Porque no deja de ser un misterio hasta para mí mismo. ¿Cómo se pueden explicar los caminos del Señor? Con todo, sé que en cierto momento de mi vida me convencí de que Cristo me decía lo que había dicho a miles de jóvenes antes que a mí: “¡Ven y sígueme!”. Sentí muy claramente que la voz que oía en mi corazón no era humana ni una ocurrencia mía. Cristo me llamaba para servirle como sacerdote.»
—¿Y si solo tenemos una sospecha de que tenemos vocación?
Te contesto entonces con otras palabras de Juan Pablo II, esta vez en Argentina en 1985, hablando del celibato: «Pido a cada uno de vosotros que se interrogue seriamente sobre si Dios no lo llama hacia ese camino. Y a todos los que sospechan tener esta posible vocación personal, les digo: rezad tenazmente para tener la claridad necesaria, pero luego decid un alegre sí.»
—¿Y eso supone un desarrollo muy largo en el tiempo?
El discernimiento de la vocación supone una amistad con Dios. Pero igual que dos personas pueden conocerse y hacerse muy amigos en una tarde, nosotros podemos alcanzar amistad con Dios en cuanto abrimos nuestra alma a Él. El ejemplo del Buen Ladrón es claro: toda una vida de lamentables errores se supera en un momento, cuando pide ayuda a Dios. En cuanto abre un resquicio de su alma, Dios se vuelca.
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