“Los buenos escaladores no son los que no tienen miedo, sino los que saben dominarlo”
Testimonio del P. Ignacio Palma
¿Qué significa para usted ser sacerdote?
San Josemaría se formulaba esta misma pregunta con otras palabras. «¿Cuál es la identidad del sacerdote?» Y respondía sin vacilar: «
La de Cristo». Para mí ser sacerdote es ser Cristo presente entre los hombres. En primer lugar, y en manera eminente, esto se realiza cuando el sacerdote administra los sacramentos. Sin embargo, la presencia de Cristo entre los hombres a través del sacerdote no se limita a la administración de los sacramentos. El sacerdote debe ser Cristo a lo largo de todo su día. Por eso me pregunto –y le pregunto– muchas veces al día: ¿Qué haría Jesús en este caso concreto? ¿Qué le diría a quien yo ahora tengo delante? ¿Con qué cariño trataría a esta o aquella persona? En definitiva, el sacerdote tiene que conformarse a Cristo de tal manera que los demás puedan sentirse delante de Jesús cuando acuden al sacerdote.
Considerando su afición a los deportes, ¿qué lugar tiene Jesucristo en ese ámbito de la vida tan relevante en la actualidad?
A veces tendemos a pensar que Cristo no tiene cabida en ciertos momentos de nuestro día y, curiosamente, identificamos esos momentos con aquellos que dedicamos a divertirnos o a descansar. No me resulta difícil imaginarme a Jesús joven, con sus quince o dieciséis años, jugando al fútbol con sus amigos de Nazareth, o divirtiéndose con algún deporte típico de su época.
El deporte –como todas las realidades nobles de nuestra vida– puede ser ocasión de encuentro personal con Jesús. Jesús se divierte con nosotros al vernos hacer deporte. Él disfruta cuando contempla nuestro descanso y nuestra diversión, y quiere que lo dejemos estar con nosotros durante esos momentos. ¿Cómo? Dirigiéndonos a Él mentalmente, de vez en cuando, para agradecerle la ocasión que nos ofrece, o para ofrecerle una gambeta bien hecha. Y como sabemos que Él nos acompaña durante esos momentos, nos esforzamos por comportarnos de un modo tal que le agrade.
Por otro lado, es sabido que el deporte es una escuela de virtudes. Me acuerdo una vez en que estábamos con mi papá y mis hermanos escalando una montaña de cierta dificultad. Entonces papá nos contó de una de sus escaladas más complicadas. ¡Daba miedo! Por eso se me ocurrió preguntarle: “¿Vos no tenés miedo cuando escalás?” A lo que me respondió: “¿Miedo? ¡Sí, mucho! Los buenos escaladores no son los que no tienen miedo, sino los que saben dominarlo”. Se me quedó profundamente grabada su respuesta. Fue una lección que me resultó muy útil para varios momentos de mi vida.
¿Qué mensaje quiere comunicar a los jóvenes que están planteándose seguir a Cristo con mayor generosidad?
¡Que vale la pena! Me emociona mirar hacia atrás en mi vida y comprobar una vez más que el Señor no se deja ganar en generosidad. Es cierto que la dedicación total a Cristo comporta sacrificio, renuncia, olvido de sí; pero el Señor responde a nuestra generosidad de manera inefable. No niego que haya habido momentos de mi vida que me resultaron más gravosos, o especialmente duros. Cuando le dije que sí a Dios, no sabía exactamente lo que me esperaba, aunque sabía lo suficiente como para poder tomar una decisión libre y responsable. ¿Me arrepiento de lo que hice? En absoluto. Ya en esta tierra Dios vuelca todo su cariño sobre quienes se esfuerzan por entregarle todo a Él, lo que llena a uno de alegría. ¿Y esa alegría se siente? A veces sí; pero generalmente se trata de una alegría mucho más honda, que consiste en la profunda convicción de que uno no cambiaría su vida por nada en el mundo. De modo que mi mensaje es éste: si te toca la enorme suerte de que Dios te elija, no te dejes dominar por el miedo que pueda causar el firmar un cheque en blanco.
¿Qué diría a los padres cuyos hijos se plantean una entrega a Dios?
Como decía san Josemaría, los hijos les debemos el 90% de la vocación a nuestros padres. Y no es exagerado decir eso, si se tiene en cuenta que de ellos lo recibimos todo, empezando por
la vida. Después, que sepan acompañar a sus hijos en esos momentos respetando siempre su libertad. Entiendo que no es fácil para los padres. La entrega que el hijo hace de sí mismo a Dios es también entrega de los padres y eso generalmente cuesta. Pero así como Dios se vuelca con el hijo que se entrega, así también se da a los padres que entregan a su hijo, colmándolos de alegría. Una alegría que consiste principalmente en ver la alegría del hijo.