Aquí estoy Señor
... porque me has llamado
 
 
 
 

Mañana, mañana

 

—Ante una decisión para toda tu vida, a veces será prudente esperar. Es lógico tomarse tiempo para las cosas que son importantes.

Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, es algo no solo prudente sino lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos auto-engañando. Quizá entonces, a ese “mañana, mañana...” haya que encararse pensando si no es nuestro hoy precisamente el que nos pide Dios.

Además, todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nada ni por nadie.

Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.

—Pero no se puede meter prisa.

Dios puede tener prisa. Con el frío, muchas plantas se hielan y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas almas que aún no conocen a Dios, en todos los que le conocen pero no le aman, y en todos los que le odian, y en los que mueren sin haber oído hablar de Él, quizá entonces entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina.

No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses y quizá los años no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

—Pero nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata.

La preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar su «Hágase en mí según tu palabra» en pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.

En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron». Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.

Es verdad que la respuesta a la vocación requiere un tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.

Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas. Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? San Agustín nos deja un claro ejemplo de esto en sus Confesiones, allí él dice: «Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!, levántate, Agustín”. Yo decía al contrario: “Sí, más tarde, un poco más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.»

Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.