RESPUESTA DEL PAPA A LA PREGUNTA DE UN SACERDOTE
“Preocupación por el aumento creciente del trabajo pastoral"
6 de Agosto de 2008
En la Diócesis de Bolzano – Bressanone (Italia)
-Santo Padre, me llamo Franz Pixner y soy párroco de dos grandes parroquias. Yo mismo y muchos otros sacerdotes, e incluso laicos, estamos preocupados por el aumento creciente del trabajo pastoral, entre otras causas por las unidades pastorales que se están creando: la fuerte presión del trabajo, la falta de reconocimiento, las dificultades con respecto al Magisterio, la soledad, la disminución del número de sacerdotes, pero también de las comunidades de fieles. Muchos se preguntan qué nos está pidiendo Dios en esta situación y de qué modo el Espíritu Santo quiere animarnos. En este contexto surgen preguntas, por ejemplo con respecto al celibato de los sacerdotes; a la ordenación sacerdotal de "viri probati"; a la implicación de los carismas, especialmente de los carismas de las mujeres, en la pastoral; al encargo a colaboradoras y colaboradores formados en teología para conferir el bautismo y tener homilías. También se plantea la pregunta de cómo podemos los sacerdotes, ante los nuevos desafíos, ayudarnos mutuamente en una comunidad fraterna, y esto en los diversos niveles de diócesis, decanato, unidad pastoral y parroquia.
Benedicto XVI:
Querido decano, ha planteado usted una serie de preguntas que ocupan y preocupan a los pastores y a todos nosotros en esta época. Ciertamente, usted es consciente de que yo no puedo dar una respuesta a todo en este momento. Me imagino que usted habrá reflexionado con frecuencia en todo esto también en diálogo con el obispo, y nosotros por nuestra parte hablamos de ello en los Sínodos de los obispos. A mi parecer, todos necesitamos mantener este diálogo entre nosotros, el diálogo de la fe y de la responsabilidad, para encontrar el camino correcto en este tiempo difícil, en muchos aspectos, para la fe y arduo para los sacerdotes. Nadie tiene una receta pronta. Todos juntos la estamos buscando.
Con esta reserva, es decir, que juntamente con todos vosotros yo me encuentro en este proceso de esfuerzo y de lucha interior, trataré de decir unas palabras al respecto, como parte de un diálogo más amplio.
En mi respuesta, quiero tratar dos aspectos fundamentales. Por una parte, el hecho de que el sacerdote es insustituible, así como el significado y el modo del ministerio sacerdotal hoy; por otra -y esto hoy resalta más que antes- la multiplicidad de los carismas y el hecho de que todos juntos son Iglesia, edifican la Iglesia y, por esto, debemos esforzarnos por suscitar los carismas, debemos cuidar este conjunto vivo que luego sostiene también al sacerdote. Él sostiene a los demás, y los demás lo sostienen a él. Solamente en este conjunto complejo y variado la Iglesia puede crecer hoy y hacia el futuro.
Por una parte, siempre habrá necesidad del sacerdote totalmente entregado al Señor y, por eso, totalmente entregado al hombre. En el Antiguo Testamento está la llamada a la santificación, que más o menos corresponde a lo que nosotros entendemos por consagración, incluso con la ordenación sacerdotal: hay algo que es consagrado a Dios y, por eso, es apartado de la esfera de lo común, es dado a Dios. Pero esto significa que desde ese momento está a disposición de todos. Precisamente por haber sido apartado y dado a Dios, ya no está aislado, sino que ha sido elevado gracias al "para": para todos.
Creo que esto se puede aplicar también al sacerdocio de la Iglesia. Significa que, por un lado, hemos sido entregados al Señor, apartados de la esfera común, pero, por otro, hemos sido entregados a él porque de este modo podemos pertenecerle totalmente y así pertenecer totalmente a los demás. Debemos tratar de explicar continuamente esto a los jóvenes, que son idealistas y quieren hacer algo por los demás; explicarles que precisamente el hecho de haber sido "apartados del común" significa "entrega al conjunto" y que esto es un modo importante, el modo más importante de servir a los hermanos. Y de esto forma parte también el ponerse verdaderamente a disposición del Señor con la totalidad del propio ser y estar por eso totalmente a disposición de los hombres. Creo que el celibato es una expresión fundamental de esta totalidad y ya por esto es un gran reclamo en este mundo, porque sólo tiene sentido si creemos verdaderamente en la vida eterna y si creemos que Dios nos compromete y que nosotros podemos vivir para él.
Así pues, el sacerdote es insustituible porque en la Eucaristía, partiendo de Dios, siempre edifica la Iglesia; porque en el sacramento de la Penitencia siempre nos confiere la purificación; porque en el sacramento el sacerdote es, precisamente, un ser implicado en el "para" de Jesucristo. Pero yo sé bien que hoy, cuando un sacerdote no sólo debe guiar una parroquia fácil de dirigir, sino varias parroquias, unidades pastorales; cuando debe estar a disposición de un consejo o de otro, y así sucesivamente, le resulta muy difícil llevar esa vida. Creo que en esta situación es importante tener valentía para ponerse un límite y establecer claramente las prioridades. Una prioridad fundamental de la vida sacerdotal es estar con el Señor y, por tanto, dedicar tiempo a la oración. San Carlos Borromeo decía siempre: "No podrás cuidar el alma de los demás si descuidas la tuya. Al final, tampoco harás nada por los demás. Debes dedicar también tiempo a estar con Dios".
Por tanto, quiero subrayar lo siguiente: por más compromisos que podamos tener, es una prioridad encontrar cada día una hora de tiempo para estar en silencio para el Señor y con el Señor, como la Iglesia nos propone hacer con el Breviario, con las oraciones del día, para poder así enriquecernos siempre interiormente, para volver, como dije al responder a la primera pregunta, al radio del soplo del Espíritu Santo. Con este punto de partida ya puedo ordenar las prioridades. Debo aprender a ver qué es verdaderamente esencial, dónde se requiere absolutamente mi presencia de sacerdote y no puedo delegar a nadie. Al mismo tiempo, debo aceptar con humildad el hecho de no poder realizar muchas cosas que tendría que hacer, donde se requeriría mi presencia, porque reconozco mis límites. Yo creo que la gente comprendería esta humildad.
Ahora, a eso quiero unir un segundo aspecto: saber delegar, llamar a las personas a colaborar. Yo tengo la impresión de que la gente lo comprende y también lo aprecia, cuando un sacerdote está con Dios, cuando se entrega a su misión de ser quien ora por los demás. Nosotros -dicen- no somos capaces de orar tanto; tú debes hacerlo por nosotros. En el fondo, tú tienes el oficio de orar por nosotros. Quieren un sacerdote que honradamente se esfuerce por vivir con el Señor y luego esté a disposición de los hombres, de los que sufren, de los moribundos, de los niños, de los jóvenes -yo diría que estas son las prioridades-, y que luego sepa también distinguir las cosas que los demás pueden hacer mejor que él, dejando actuar así a los carismas.
Pienso en los Movimientos y en muchas otras formas de colaboración en la parroquia. Sobre todo esto se reflexiona juntamente también en la diócesis misma, se crean formas y se promueven intercambios. Con razón usted dijo que en ello es importante mirar, más allá de la parroquia, hacia la comunidad de la diócesis, más aún, hacia la comunidad de la Iglesia universal, que a su vez debe dirigir su mirada a lo que sucede en la parroquia, analizando cuáles consecuencias derivan de ello para el sacerdote.
Usted tocó, además, otro punto muy importante a mi parecer: los sacerdotes, aunque tal vez viven geográficamente más lejos unos de otros, son una verdadera comunidad de hermanos, que deben sostenerse y ayudarse mutuamente. Esta comunión entre los sacerdotes hoy es muy importante. Precisamente para no caer en el aislamiento, en la soledad con sus tristezas, es importante encontrarnos con regularidad. Corresponde a la diócesis establecer cómo se han de realizar del mejor modo posible los encuentros entre los sacerdotes -hoy tenemos los coches, que facilitan los desplazamientos- para que experimentemos continuamente el estar juntos, para que aprendamos unos de otros, para que nos corrijamos y nos ayudemos mutuamente, para que nos animemos y nos consolemos, de modo que en esta comunión del presbiterio, juntamente con el obispo, podamos prestar nuestro servicio a la Iglesia local.
Precisamente: ningún sacerdote está solo; formamos un presbiterio, y cada uno sólo puede prestar su servicio en esta comunión con el obispo. Ahora bien, esta hermosa comunión, que todos admitimos en el plano teológico, debe llevarse también a la práctica, de las maneras que establezca la Iglesia local. Y debe ampliarse, porque tampoco ningún obispo es obispo solo, sino que es obispo en el Colegio, en la gran comunión de los obispos. Esta es la comunión en la que debemos comprometernos siempre. Y este es un aspecto muy hermoso del catolicismo: a través del Primado, que no es una monarquía absoluta, sino un servicio de comunión, podemos tener la certeza de esta unidad, de forma que en una gran comunidad, con muchas voces, todos juntos hagamos resonar la gran música de la fe en este mundo.
Pidamos al Señor que nos consuele siempre cuando creemos que ya no aguantamos más. Sostengámonos unos a otros. Así el Señor nos ayudará a encontrar juntos los caminos correctos.